Enamorada: cómo conllevar el cáncer a través del flamenco

La Chana esta sentada en su asiento, todo el mundo se fija en ella mientras va creando una tormenta de delicado taconeo.
Miro, estupefacta, desde mi sofa en mi salón de Madison (Wisconsin).
Mi relación con el flamenco es algo que suelo usar para evaluar mi relación con la vida misma–la profundidad de mi alegría, mi amor, mi pasión–todo surge en modos asombrosamente medibles: la mido a través de la cantidad de minutos de flamenco que he escuchado o la cantidad de clases a las que he asistido cada mes.
Y durante mis épocas más oscuras, el flamenco se convirtió en una esperanza profunda–una manera de conectar con una realidad alternativa en donde nunca me enfermaría, en donde me quedaría, año tras año, en el pueblo que comenzaba a formar una parte tan grande de mi identidad, que llevaba su acento conmigo. Mi identidad arcense era más completa que la de la niña de Milwaukee.
Una búsqueda rápida a medianoche para encontrar un espectáculo de flamenco cercano (un intento desesperado para calmar mi nostalgia) dio paso a un momento de júbilo al saber que no sólo había un espectáculo inminente en una cafetería cercana–sino también que había una maestra de flamenco de verdad en mi ciudad dando clases que estaban a punto de comenzar.
Podía continuar bailando flamenco. Podía, desde este lugar nevado y helado, quedarme con esas emociones profundas que descubrí viviendo en Cádiz.
El plan era: nunca marcharme.
A los 22 años pasé un año después de graduarme de la universidad enseñando inglés a través del programa de Auxiliares de conversación gestionado por el gobierno español. Debido a que había estudiado en Granada anteriormente, escogí a Andalucía–y me asignaron a un punto desconocido del mapa: Arcos de la Frontera.
Ese año fue un torbellino de emociones. Llegué al primer día de feria sin apartamento, sin cuenta bancaria, y sin móvil, y sólo podía comer en la feria misma. Los instintos básicos de supervivencia fueron calmados por un plato de tortilla y aceitunas, mientras me rodeaban mujeres con vestidos largos de lunares bebiendo rebujito.
Nunca había escuchado su acento en mi vida, ni en mis meses en Granada, ni en mis estudios universitarios de español. Tenía calor, tenía hambre, y estaba metida en la cuna del flamenco. Y me sumergí en ella por completo.
Pasé un año en el que encontré las amistades más significativas de mi vida, y de disfrutar, tal vez demasiado, del sherry y del queso payoyo. El plan era quedarme. Había empezado incluso a tomar clases de baile flamenco con mi colega del trabajo. Estaba encantada de volver a bailar años después de mi últimas clases de ballet. Solicité la renovación de mi visado, esperando que me asignaran un lugar cercano para el próximo año.
Terminé el año en la Feria de Jerez, intentando bailar sevillanas y sintiéndome la persona más afortunada del mundo.
Seis meses después estaba sentada en el consultorio médico de mi infancia y descubrí que tenía cáncer.


El flamenco como una esperanza.
Estoy viendo una bulería en un bar en el centro de Madison y no me lo puedo creer.
La bailaora hace las palmas, tal como lo recordaba.
Tras meses de citas médicas empecé a crear a regañadientes una vida nueva en la ciudad donde hice mis estudios universitarios. Así que salí una noche helada en diciembre sin creer aún que iba a encontrar flamenco en este mundo, en esta nueva linea de tiempo en la que me encontraba.
Me inscribí para las clases ese enero.
Después de esto, siguieron años de clases por las noches, buenas amistades, presentaciones en teatro en una residencia para personas mayores, y ensayos de sevillanas en mi apartamento.
Creé una vida en la que las citas médicas, el trabajo, el tratamiento médico, y el flamenco estaban entrelazados. Este balance me ayudaba a centrarme y a conectarme a una versión más completa de mi misma.
El flamenco era una manera de soltar la rabia, el estrés, y la impotencia de perder mi autonomía corporal–la tabla de pies al comenzar la clase era una catarsis, y el braceo y el sonido de la guitarra era una manera de volver a conectar con un encanto distante que parecía olvidado dentro de las aulas blancas del centro oncólogo, que olían a alcohol antiséptico.
Memorizar la coreografía y la letra era mi manera de vivir la energía, el amor, y la pasión que descubrí en Cádiz. Ensayar el taconeo en una parada de autobús que estaba cubierta de nieve, o escuchar el flamenco mientras hacía mi compras diarias--todo esto era fundamental para poder quedarme viva.
Fui a clases y practiqué durante mi primera ronda de tratamiento, sintiéndome fuerte y contenta con mi cuerpo cambiante–siempre fui una flamenca a pesar de ganar peso y tener mis ganglios linfaticos inflamados.
Años después, sin embargo, cuando tuve que recibir una segunda ronda de tratamiento terminé noqueada, sin poder bailar.
La Chana
Habìa acabado de ganarme una beca cuando tuve una recaída de mi cáncer.
Era una oportunidad para bailar en una pequeña presentación en una cafetería local–¡con un guitarrista!–e incluso hacer mi primer solo.
Pero esta vez, mi cuerpo no estaba tan fuerte. El linfoma llegó a mi garganta, bloqueando parcialmente mis vías respiratorias, haciendo imposible hacer hasta las tareas domésticas más sencillas sin perder el aliento. Al lidiar con un tratamiento y una cirugía, dejé de asistir a clases, y miré desde lejos como mis amigas bailaban en la presentación que habría hecho yo ese año.
En un día particularmente negro, me acordé de la Chana.
Había visto su documental del 2017 el año anterior. Y una escena en particular me surgió a la mente.
En el documental, la Chana, una fuerza de poder y de pasión pura, entra en el escenario por primera y última vez en 30 años–y está sentada. Debido a algunas lesiones, no puede bailar de pie, ni hacer el mismo tipo de actuación de hace 30 años.
Y es más flamenca que nunca.
Su cara, sus brazos, la manera en que está completamente unida con el compás– puedo hacer eso también, pensé. Podría venir a clase, sentarme, y aún hacer el taconeo.
Y así lo hice.
Enamorada
Recuperar mi fuerza me tomó todo el año, y alternaba entre estar de pie y sentarme hasta que, aunque quedaba exhausta, empecé a bailar de pie otra vez.
Traje bebidas con electrolitos, comida, lo que necesitara para poder aguantar la clase, muchas veces sin saber si podría caminar los quince minutos de regreso después, siendo un gran alivio la brisa helada de Wisconsin.
La alegría, el puro amor, y la conexión por volver al flamenco eran más poderosos que cualquier agotamiento físcio que sintiera.
Y el otoño siguiente, hice el solo que me había perdido. Y bailé las bulerías, incluso con mi propia parte del fin de fiesta. Y bailé los fandangos con mis amigas.
Y en el público de la cafeteria había una artista quien nos acercó, preguntando si nos gustaría formar parte de su nueva serie de pinturas flamencas.

Meses después, agarré una copia de la pintura en mis manos: "Enamorada".
Era una flamenca. Y otra persona, alguien fuera de mi círculo de amigas flamencas, podía verlo también.
Pero no era simplemente porque bailaba de nuevo. No era porque volvía a tener la fuerza física, o porque nunca perdía mi pelo.
Era una flamenca porque el flamenco, lo vivía.
Vivo el flamenco incluso cuando mi cuerpo falla, cuando mis niveles de energía están bajas, incluso cuando estoy lesionada. Flamenco me lleva en mi energía, mi actitud, mi espíritu, en mi duelo y en mis celebraciones, en mi furia, en mi alegría, en mi tontería, en todo lo que podría imaginar sentir.
No hay un nivel perfecto de baile necesario, ni una graduación ni título oficial.
Soy una flamenca porque lo respiro. Porque, desde hace trece años, supe de un punto en el mapa llamado Arcos de la Frontera, y tenía la pura suerte de estar invitada a una clase después del trabajo, y me ha mantenido viva desde entonces.

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Muchas gracias a: Tania Tandias Flamenco en Madison, Wisconsin. A mis flamencas favoritas: Tessa and Sonia, el UW Carbone Cancer Center, Gilda's Club Madison, y First Descents por ayudarme a recuperar el cuerpo físico, a la artista Daniella Willet-Rabin (¡síguela!), a la Patri por haberme invitada a esta primera clase, y a la Danica Sena por bailar en este bar en Madison aquella noche en 2014.
Works Cited/Further Reading
Special thanks to: Tania Tandias Flamenco in Madison, Wisconsin. My favorite flamencas: Tessa and Sonia, the UW Carbone Cancer Center, Gilda's Club Madison, and First Descents for giving me my body back, Artist Daniella Willet-Rabin (go support her!), to Patri for inviting me to that first class, and to Danica Sena for dancing at that bar in Madison that one night back in 2014.
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