Enamorada: cómo conllevar el cáncer con el flamenco

Lauren Hodkiewicz
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La Chana esta sentada en su asiento, todo el mundo fijado en ella mientras crea una tormenta de taconeo delicado.

Miro, fijada, desde mi sofa en mi salón de Madison (Wisconsin).

Mi relación con el flamenco es algo que suelo usar para evaluar mi relación con la vida misma–la profundidad de mi alegría, mi amor, mi pasión–todo surge en modos asombrosamente calculables, como la cifra de cuantos minutos de flamenco he escuchado cada mes o la cantidad de clases mensuales asistidas.

Y durante de mis épocas más oscuras, el flamenco se convirtió en una esperanza profunda–una manera de conectar con una realidad alternativa donde nunca me enfermaría, donde quedaría, año tras año, en el pueblo que comenzaba a formar una parte tan grande de mi identidad que llevaba su acento conmigo, mi ser arcense más completa que la niña de Milwaukee quien originalmente era.

Una búsqueda rápida a medianoche para encontrar una actuación de flamenco cercana (un intento desesperado para calmar mi nostalgia) pasó a un momento de elación al saber que no sólo había una actuación próxima en una cafetería cerca–sino también había una maestra de flamenco de verdad en mi ciudad, dando clases que estaban a punto de comenzar.

Podría continuar a bailar flamenco. Podría, desde este lugar nevado y helado, quedarme con una parte de las emociones completas que descubrí viviendo en Cádiz.

Arcos de la Frontera, Cádiz, 2013

El plan era: nunca marcharme.

A los 22 años, pasé un año después de la universidad enseñando inglés a través del programa de Auxiliares de conversación gestionado por el gobierno español. Habiendo estudiado en Granada anteriormente, notaba mi preferencia de zona como Andalucía–y me asignaron un punto desconocido del mapa: Arcos de la Frontera.

El año en sí fue algo arrollador. Llegando en el primer día de feria sin piso, sin cuenta bancaria, y sin móvil, no tenía ningún remedio a buscar comida sin asistir a la feria, los instintos básicos de sobrevivir llevándome a un plato de tortilla y aceitunas, rodeada de mujeres en vestidos largos de lunares quienes bebían rebujito.

El acento nunca había experimentado en mi vida, ni en mis meses en Grandad ni estudiando para mi título universitario en el español. Tenía calor, tenía hambre, y estaba metida en la cuna del flamenco. Y me sumergí por completo.

Después de un año de unas de las amistades más significativas que jamás tenía, y probablemente después de demasiado sherry y queso payoyo, el plan era quedarme. Incluso había empezado a hacer clases del baile flamenco con mi colega del trabajo, encantada por volver al baile años después de mi últimas clases de ballet en el instituto. Solicité la renovación de mi visado, esperando que me asignaran a un lugar cercano el año que viene.

Terminé el año en la Feria de Jerez, intentando las sevillanas y sintiéndome la persona más afortunada del mundo.

Seis meses después, sentada en el consultorio médico de mi infancia, me dijeron que tenía cáncer.

En camino la Feria de Arcos, 2013
Con mi amiga arcense Sonia (Arcos de la Frontera, España), 2014
Feria de Jerez

Flamenco como esperanza.

Estoy mirando una bulería en un bar en el centro de Madison, sin poder creerlo.

Hay un guitarrista, y la bailaora hace palmas, igual como acordaba.

Después de meses de citas médicas y, contra mis deseos, creando una vida en mi ciudad universitaria, salí una noche helada en diciembre, sin poder creer que viera el flamenco de nuevo en este lugar, que continuara existir el flamenco en este nuevo universo, la cronología nueva donde estaba metida.

Me inscribí para las clases en enero.

Lo que sucedieron eran años de clases después del trabajo, amistades buenas, actuaciones en una residencia local para personas mayores, y practicando las sevillanas en mi piso.

Creí una vida donde las citas médicas, el trabajo, el tratamiento médico, y el flamenco estaban todos entrelazados, un balance que me ayudaba aterrizarme, conectada a una versión más completa de mi misma.

Una manera de soltar la rabia, el estrés, y la impotencia de perder mi autonomía corporal–la tabla de pies al comenzar la clase un catarsis, y el braceo y guitarra bonita una manera de volver a conectar con un encanto distante que parecía olvidada dentro de las aulas blancas del centro oncólogo, que olía de alcohol antiséptico.

Memorizar la coreografía y la letra era mi manera de vivir la energía, el amor, y la pasión que descubrí en Cádiz, y ensayar taconeo en la parada nevada del autobús, o escuchar el flamenco mientras hacer recados, todo formaba partes integrales de poder quedarme viva.

Bailaba durante mi primera ronda de tratamiento, fuerte y contenta con mi cuerpo cambiante–tras ganar peso y tener ganglios linfáticos saltones, siempre era una flamenca.


Pero en mi segunda ronda de tratamiento años después estaba completamente noqueada, sin poder bailar.

La Chana

Justo había recibido una beca cuando tuve mi recaída de mi cáncer.

Era una oportunidad para bailar en una actuación pequeña en una cafetería local–con un guitarrista!–e incluso hacer mi primer solo.

Pero esta vez, mi cuerpo no era fuerte. La linfoma viajaba hasta mi garganta, bloqueando parcialmente mi vía respiratoria, haciendo imposible hacer hasta las tareas domésticas más simples sin perder mi aliento. Entre el tratamiento y la cirugía, dejé de asistir a las clases, y miré desde la distancia mientras mis amigas actuaban en la actuación que debería haber hecho yo este año.


En un día particularmente oscuro, me acordé de la Chana.

Había visto su documental del 2017 el año anterior. Y una escena en particular me surgió a la mente.

En el documental, la Chana, una fuerza de poder y pasión, entra en el escenario por la primera y última vez en 30 años–y está sentada. Debido a su edad y a una lesión, no puede bailar de pie, ni hacer la misma actuación de 30 años atrás.

Y es más flamenca que nunca.

Su cara, sus brazos, la manera en que está completamente unida con el compás–yo podría hacer esto, pensé. Podría venir a clase, sentarme, y aún hacer el taconeo.

Y así lo hice.

Enamorada

Recuperar mi fuerza me tomó todo el año, pero alternaba entre estar de pie y sentarme, pronto bailando de pie otra vez, sin embargo, exhausta.

Traía bebidas de electrolitos, comida, lo que necesitaba para poder aguantar la clase, muchas veces sin saber si pudiera caminar los quince minutos de regreso después, la brisa helada de Wisconsin un gran ayuda.

Pero la alegría, el amor puro, y la conexión de volver al flamenco eran más poderosos que cualquier agotamiento físico.

Y el otoño siguiente, hice el solo que me perdí. Y bailé las bulerías, incluso con mi propia parte del fin de fiesta. y bailé los fandangos con mis amigas.

Y en el público de la cafeteria había una artista local quien nos acercó, preguntando si nos gustaría formar parte de su nueva serie de pinturas flamencas.

Recuerdos, Lakeside Cafe, 2019 (Madison, WI)
¡Bailando mi primer solo! Fotografía: Christopher Schultz


Meses después, agarré una copia de la pintura en mis manos: "Enamorada".

Era una flamenca. Y otra persona, alguien fuera de mi círculo de amigas flamencas, podía verlo también.

Pero no era simplemente porque bailaba de nuevo. No era porque volvía a tener la fuerza física, o porque nunca perdía mi pelo.

Era una flamenca porque el flamenco, lo vivía.

Vivo el flamenco incluso cuando mi cuerpo falla, cuando mis niveles de energía están bajas, incluso cuando estoy lesionada. Flamenco me lleva en mi energía, mi actitud, mi espíritu, en mi duelo y en mis celebraciones, en mi furia, en mi alegría, en mi tontería, en todo lo que podría imaginar sentir.


No hay un nivel perfecto de baile necesario, ni una graduación ni título oficial.

Soy una flamenca porque lo respiro. Porque, desde hace trece años, supe de un punto en el mapa llamado Arcos de la Frontera, y tenía la pura suerte de estar invitada a una clase después del trabajo, y me ha mantenido viva desde entonces.

Actuación fin del curso en mi nueva escuela de baile en Barcelona, 2024. Ana Palma Fotografía

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Muchas gracias a: Tania Tandias Flamenco en Madison, Wisconsin. A mis flamencas favoritas: Tessa and Sonia, el UW Carbone Cancer Center, Gilda's Club Madison, y First Descents por ayudarme a recuperar el cuerpo físico, a la artista Daniella Willet-Rabin (síguela!), a la Patri por haberme invitada a esta primera clase, y a la Danica Sena por bailar en este bar en Madison aquella noche en 2014.

Works Cited/Further Reading

Lauren Hodkiewicz

Escritora. Especialista en marketing. Bailaora-in-Training.